VALLE PRÓSPERO
Cómo el dinero aprende a correr
Alfredo Pacheco
Concepción, creación e ideas originales de Alfredo Pacheco.
Doce cuentos para entender por qué el dinero, cuando se queda quieto, no le sirve a nadie.
50 páginas
Antes de empezar (esto es para el grande que lee al lado)
Aquí cuento lo mismo que en USA: It Is Now, pero para alguien de ocho o nueve años. No lo hice más fácil quitándole ideas, sino palabras difíciles.
Cada capítulo termina con dos cosas: Lo que aprendimos hoy, tres frases para repasar, y Para hacer en casa, que es un juego. Los juegos importan tanto como los cuentos.
Una última cosa. En el capítulo doce, Sammy se equivoca en una cuenta y lo dice en voz alta delante de todo el valle. Ese capítulo es el más importante del libro, y no habla de dinero.
Los que viven en Valle Próspero
Lía tiene nueve años, un puesto de limonada en la esquina y todas las preguntas.
Sammy el castor tiene un aserradero pequeño y tres ayudantes. Cuando a él le va bien, a media docena de familias les va bien.
Don Giga el brontosaurio es enorme y no es malo. Trabaja mucho y lo hace bien. Su único problema es la panza: todo lo que entra se queda.
Barnaby el oso perdió su trabajo, y cada mes el pueblo le deja una canasta en la puerta. Quiere trabajar. Ahora verás por qué no puede.
El Alcalde Arthur es un mapache con sombrero. Tampoco es malo: está cansado, y el cansado siempre elige lo más rápido.
Nina es la hija mayor de Tomás. Se fue a una escuela muy grande y muy cara, y su papá estuvo pagando años.
El doctor Pelícano es el único doctor del valle. Cura bien. Pero si te enfermas de noche, no hay nadie más.
Don Anselmo vive en una casetita azul a la entrada del mercado. Saluda a todo el mundo, y cada vez que alguien compra algo se queda con una partecita.
Doña Uva tiene el mercado y cultiva manzanos. Tomás el zorro arregla techos. La señora Pluma enseña en la escuela.
Y el río pasa por en medio del pueblo, que es donde empieza todo.
Capítulo 1 — El río que dejó de correr
Por Valle Próspero pasa un río.
No es grande. Se puede cruzar de un salto. Pero de ese río bebe todo el mundo: Sammy el castor llena sus cubos, Doña Uva riega sus manzanos y el Alcalde Arthur riega las flores de la plaza, para que salgan bonitas en las fotos.
Lía llenaba un cubo cada mañana para hacer limonada. Un martes bajó al río y encontró piedras secas.
—¡Se acabó el agua! —gritó.
Sammy llegó corriendo, miró el fondo seco y dijo algo raro:
—El agua no se acabó, Lía. Dejó de correr.
Lo que Sammy le enseñó
La llevó río arriba. Y ahí, en medio del río seco, estaba Don Giga, tan tranquilo, con la panza gigantesca y muy redonda.
—Buenos días —dijo Don Giga, muy educado, porque Don Giga es muy educado.
Lía miró el río seco. Miró la panza. Volvió a mirar el río seco.
—Don Giga… ¿usted se bebió el río?
—Yo no me bebí nada —dijo Don Giga—. Yo guardo el agua. Es distinto. Está toda aquí, cuidadita, sin gastarse.
Y era verdad: toda el agua del valle estaba dentro de él, guardada, segura.
Y el pueblo, abajo, sin nada.
La idea de este capítulo
En el mundo había la misma agua de siempre. El pueblo se quedó sin agua porque el agua dejó de correr.
El dinero funciona igual que ese río.
Cuando Lía vende un vaso de limonada, esa moneda no se queda quieta. Lía le compra limones a Doña Uva. Doña Uva le paga al muchacho del mercado. El muchacho compra pan. El panadero llama a Tomás para el techo. Tomás le compra madera a Sammy. Sammy le paga a sus ayudantes.
Una moneda. Siete personas contentas.
Ahora imagina que esa misma moneda llega a la panza de Don Giga en el primer paso. Una persona contenta. Seis esperando.
Es la misma moneda. Lo único que cambió es cuántas veces se movió.
Por eso, cuando alguien dice «aquí falta dinero», casi siempre se equivoca: casi nunca falta dinero, falta movimiento.
Y la pregunta de todo el libro es ésta:
¿Cuántas manos toca esta moneda antes de detenerse?
Lo que aprendimos hoy
- El dinero es como el agua de un río: sirve cuando corre, no cuando se guarda.
- Una sola moneda puede hacer felices a siete personas si pasa de mano en mano.
- Cuando parece que falta dinero, casi siempre falta movimiento.
Para hacer en casa
Consigue una moneda y siéntate en círculo con cinco personas.
Cada uno le dice al siguiente qué le compra («te compro un dibujo») y le pasa la moneda. Cuenten cuántas cosas se compraron.
Ahora repítanlo, pero el primero se la guarda en el bolsillo. ¿Cuántas esta vez?
Eso es todo el libro.
Capítulo 2 — Don Giga no es el malo
Lía volvió a casa enfadada.
—Don Giga es un egoísta —dijo, dejando el cubo vacío de un golpe.
Su abuela estaba pelando papas. No levantó la vista.
—¿Tú crees? ¿Y qué hace Don Giga todo el día?
Lía se quedó callada, porque la verdad era incómoda.
Don Giga trabaja desde que sale el sol. Es el único que puede cargar troncos de veinte metros, y él levantó el puente nuevo.
—Trabaja mucho —admitió Lía.
—Entonces no es un egoísta —dijo la abuela—. Es un brontosaurio con una panza muy grande. Que no es lo mismo.
El problema no es el tamaño
El problema no es que sea grande. Hay cosas que solo puede hacer alguien grande: un puente, un hospital. Sammy no levantaría un puente ni en un año.
El problema es su panza. Todo lo que entra, se queda.
Sammy también gana dinero. Pero tiene tres ayudantes que cobran el viernes, un techo que gotea y una hija que quiere zapatos. El dinero le entra por una puerta y le sale por la otra el mismo día.
Cuando le pagas a Sammy, el pueblo entero se entera en una semana. Cuando le pagas a Don Giga, el pueblo no se entera nunca.
Lo que pasó en la plaza
Ese sábado hubo asamblea. El Alcalde subió a la caja de madera con el sombrero torcido.
—¡Propongo que le prohibamos a Don Giga beber agua! —gritó alguien del fondo.
Don Giga bajó la cabeza. No dijo nada. Es muy educado.
Sammy levantó la pata.
—Eso es una tontería. Si Don Giga no bebe, no tiene fuerzas. Y sin fuerzas no hay puente, ni molino, ni granero. Nos quedamos sin agua y sin puente. Perdimos dos veces.
—¿Entonces qué hacemos? —preguntó el Alcalde.
Y Sammy dijo la frase que Lía se aprendió de memoria:
—No hay que quitarle nada a Don Giga. Hay que arreglar el río para que el agua siga bajando después de él.
Porque si el río corre bien, Don Giga bebe y Sammy llena sus cubos y Lía hace limonada. Nadie pierde para que otro gane.
¿Y de quién es la culpa?
De nadie. Don Giga tiene panza porque nació con panza. El Alcalde firma con él porque es lo más fácil. Nadie hizo nada malo, y sin embargo el río está seco.
Cuando eso pasa, el problema no está en las personas. Está en las reglas.
Y las reglas, a diferencia de las personas, se cambian.
Lo que aprendimos hoy
- Ser grande no es malo. Don Giga hace cosas que nadie más puede hacer.
- El problema no es el tamaño: es que el dinero entre y no salga.
- Cuando algo sale mal y nadie hizo nada malo, el fallo está en las reglas. Y se cambian.
Para hacer en casa
Piensa en tres cosas de tu ciudad que solo puede hacer alguien muy grande. (Pista: mira arriba, mira al suelo, y piensa en cuando te enfermas.)
Ahora tres de alguien pequeño: quien te corta el pelo, quien arregla bicicletas, quien vende el pan.
Un pueblo con solo grandes no funciona. Con solo pequeños, tampoco.
Capítulo 3 — Un contrato grandote o cien contratitos
Al Alcalde Arthur le llegó una carta. Había que arreglar la escuela: el techo, las ventanas, los pupitres. Y la puerta que chirría desde hace tres años.
El Alcalde miró la lista. Luego miró el reloj. Luego miró su silla de casa, que era muy cómoda y estaba muy lejos.
—Uf —dijo.
Tenía dos opciones.
Opción A. Tomás para el techo, Sammy para los pupitres, la señora Pluma para la pintura. Tres conversaciones. Tres papeles. Tres pagos.
Opción B. Llamar a Don Giga y decirle: «hazlo todo».
Un papel. Un pago. Una tarde libre.
El Alcalde eligió la B. Y esto importa: no eligió mal por ser malo. Eligió mal por estar cansado. Es distinto, y mucho más común.
El precio del pupitre
Don Giga hizo la obra, y la hizo bien. Pero no sabe hacer pupitres, así que fue a ver a Sammy.
—Necesito treinta pupitres.
Sammy los hizo en dos semanas, lijados a mano. Cobró tres monedas cada uno.
Don Giga se los entregó al Alcalde y le cobró catorce monedas cada uno.
Lía hizo la cuenta con los dedos y se quedó con la boca abierta.
—¡Se quedó con once monedas por pupitre y no cortó ni una tabla!
—Sí —dijo Sammy, tranquilo—. Y no hizo nada ilegal. Firmó un papel y organizó la obra. Eso vale algo.
—¿Vale once monedas?
Sammy se quedó pensando.
—No. Pero el problema no es cuánto vale. Es a dónde se fueron.
A dónde fue cada moneda
Sigamos las tres monedas de Sammy. Le paga al ayudante. El ayudante compra pan. El panadero llama a Tomás. El ferretero compra limonada.
Ahora sigamos las once monedas de Don Giga.
Fueron a la panza.
Fin.
Es la misma obra. Los mismos treinta pupitres. Y el pueblo entero terminó con menos.
Imagina que el Alcalde suelta cien monedas para la escuela.
Por la puerta de Don Giga, al final del día quedan quince dando vueltas. Las otras ochenta y cinco, en la panza. Por la puerta de Sammy quedan sesenta y una.
Lo que decidió el pueblo
En la asamblea, Sammy propuso una regla:
Si algo lo pueden hacer los del pueblo, no se junta todo en un solo contrato.
El Alcalde protestó, porque eran más papeles y menos siestas. Pero acabó firmando.
A Don Giga no le prohibieron nada. Solo que los pupitres los hace Sammy. Y las once monedas se quedan en el valle.
Lo que aprendimos hoy
- Un contrato gigante es cómodo para quien lo firma y caro para todos los demás.
- De cada cien monedas por una puerta grande quedan quince corriendo. Por una pequeña, sesenta y una.
- El dinero grande no va más lento: se apaga casi todo en el primer paso.
Para hacer en casa
Junta cien frijoles. Ese es el dinero de la escuela.
Ronda 1 (Don Giga): aparta ochenta y cinco en una caja. Los quince que sobran siguen jugando.
Ronda 2 (Sammy): empieza otra vez y aparta solo treinta y nueve. Te quedan sesenta y uno.
Míralos uno al lado del otro. Es el mismo dinero.
Capítulo 4 — La canasta de Barnaby
Cada primer lunes del mes, alguien le deja una canasta a Barnaby en la puerta: pan, miel, fruta y jabón. Desde que perdió su trabajo en el molino viejo.
Barnaby siempre da las gracias. Y siempre pone una cara rara.
—Barnaby, ¿por qué pones esa cara si te traen comida?
Barnaby tardó en contestar.
—Porque yo quiero trabajar, Lía. Y no puedo.
La cuenta de la servilleta
Esa semana, Sammy le ofreció trabajo cargando troncos.
—Te pago cuatro monedas a la semana.
Barnaby se puso contentísimo. Sacó un lápiz y una servilleta. Lía se sentó a su lado.
—A ver. Gano cuatro monedas.
—¡Cuatro monedas! —dijo Lía.
—Espera. La regla dice que si tengo trabajo, ya no me dejan la canasta.
—Ah.
—Y esa canasta cuesta cinco monedas en el mercado.
Se quedaron los dos mirando la servilleta.
Barnaby trabajando seis días a la semana: cuatro monedas. Barnaby en su cueva, sin hacer nada: cinco monedas.
—Si acepto el trabajo… ¿me vuelvo más pobre?
—Sí —dijo Lía, muy bajito, porque no le gustó nada la respuesta.
El escalón
Algunos vecinos decían, cuando Barnaby no estaba delante: «ese oso no quiere trabajar».
Y estaban equivocados: Barnaby sabía sumar.
Barnaby no tenía un problema de ganas. Tenía un problema de resta.
Sammy lo dibujó con un palo: unas escaleras con un agujero enorme entre el primer escalón y el segundo.
—Mira, Lía. Construimos una escalera para que la gente suba. Pero le dejamos un hueco justo al principio. Quien intenta subir, se cae. Y luego nos enfadamos con él por no subir.
—¿Y cómo se arregla?
—Tapando el hueco. No hay más.
La rampa
La regla nueva:
Si Barnaby acepta un trabajo, se queda con su canasta durante cinco años.
No para siempre. Cinco años. Para entonces ya ha aprendido, gana más y no le hace falta.
Volvamos a la servilleta: cuatro del trabajo más cinco de la canasta. Nueve monedas.
Ahora la resta le sale bien. Y cuando la resta sale bien, no hay que convencer a nadie de nada. Barnaby aceptó el trabajo el mismo día.
Algunos vecinos se quejaron: «¡ahora cobra el sueldo y la canasta!». Y tenían razón cinco años. Pero esas nueve monedas Barnaby las gastaba: miel, el techo de su cueva, zapatos para su sobrina. La canasta, quieta en una puerta, no tocaba a nadie.
Y a los cinco años se apagó para siempre: el pueblo pagó cinco años para dejar de pagar el resto de su vida.
Lo que aprendimos hoy
- A veces la regla castiga a quien intenta hacer lo correcto. El fallo es de la regla.
- Barnaby no tenía un problema de ganas. Tenía un problema de resta.
- Ayudar a alguien a salir cuesta dinero unos años. Dejarlo atrapado cuesta dinero siempre.
Para hacer en casa
Haz la servilleta de Barnaby con lápiz y papel.
Escribe en una columna si trabajo y en la otra si no trabajo. Pon los números y suma.
Ahora inventa otra regla que también arregle la resta.
Puede que se te ocurra una mejor que la de Sammy. Las mías se me ocurrieron con un lápiz.
Capítulo 5 — La medicina que costaba una montaña
Al hijo de Tomás el zorro le empezó a doler la barriga un jueves por la noche.
De los dolores que doblan a un zorrito por la mitad. Tomás lo cargó y corrió a casa del doctor Pelícano, el único doctor del valle.
El doctor lo revisó, le dio un jarabe verde y a las dos horas el zorrito dormía tranquilo.
A la mañana siguiente llegó la cuenta.
Cuarenta monedas.
Tomás se sentó en el escalón con el papel en la mano y no se movió en un buen rato. Eran cuatro meses de arreglar techos.
La pregunta de Lía
Lía fue a preguntarle por qué había cobrado tanto.
—Doctor, ¿el jarabe verde cuesta cuarenta monedas?
—No —dijo el doctor, sin ponerse nervioso, porque no estaba haciendo nada a escondidas—. El jarabe me cuesta a mí media moneda.
—¿Media?
—Media.
—¿Y por qué se lo cobró a cuarenta?
El doctor dejó los papeles y la miró.
—Lía, ¿tú regateas el precio de la limonada?
—A veces. Si alguien me dice que está cara, se la dejo más barata.
—¿Y por qué?
—Porque si no, se va al puesto de enfrente.
—Ahí está lo que yo no tengo —dijo el doctor—. Yo soy el único doctor del valle. ¿A quién le va a pedir rebaja Tomás?
Lía se quedó callada.
—Por eso cobro cuarenta. No porque Tomás no me la pidiera. Porque no tenía a quién pedírsela.
Y ojo: el doctor no es un villano, es un señor normal al que nada lo empuja a bajar el precio.
Lo que pone un precio justo no es la bondad del que vende: es que exista otra esquina.
Lo que hizo el pueblo
En la asamblea, Sammy propuso algo simple y difícil:
Abrir el camino.
Resulta que en el valle de al lado había tres doctores con la misma medicina. Pero el camino estaba lleno de piedras, y una regla vieja decía que las medicinas de fuera «no estaban comprobadas aquí».
Nadie recordaba quién escribió esa regla. Pero a alguien le vino muy bien.
El pueblo quitó las piedras y borró la regla. Eso fue todo.
Lo mejor de todo
Y ahora la parte que a Lía le pareció magia, aunque no lo es.
Ni un solo doctor del otro valle cruzó el camino.
El día que se supo que el camino estaba abierto, el doctor bajó el jarabe de cuarenta monedas a dos.
—¿Por qué lo bajó, si nadie vino? —preguntó Lía.
—Porque ahora pueden venir —dijo Sammy—. Eso basta.
Lo que aprendimos hoy
- Un precio no es justo porque el que vende sea buena persona. Es justo cuando hay otra esquina.
- Cuando hay uno solo, el precio es lo que a esa persona le dé la gana.
- Abrir el camino funciona. Y muchas veces el precio baja antes de que llegue nadie.
Para hacer en casa
Elige algo que te guste comer y busca su precio en dos sitios distintos.
¿Son iguales? Casi nunca lo son.
Ahora la pregunta de verdad: ¿por qué el más caro no baja el precio? ¿Está más cerca? ¿Es el único de la zona?
Cuando encuentres la respuesta, habrás entendido este capítulo mejor que mucha gente grande.
Capítulo 6 — Cuando un solo cubo alcanzaba
En el salón de la casa de Lía hay una foto vieja, colgada torcida desde siempre. Salen sus bisabuelos delante de una casa, con un carro, un perro y dos niños con la ropa de los domingos, uno aguantándose la risa.
—Abuela, ¿los bisabuelos eran ricos?
La abuela soltó una carcajada.
—¿Ricos? Tu bisabuelo cargaba piedra en la cantera.
—¿Y la casa? ¿Y el carro?
—De la cantera, mi vida. Todo de la cantera.
—¿Y la bisabuela también trabajaba?
—No. Con un solo sueldo alcanzaba.
Lía miró su propia casa, donde trabajan su papá y su mamá. Y aun así hay meses en que las cuentas quedan justas.
—¿Con un sueldo?
—Con uno.
Un cubo, y sobraba
En Valle Próspero pasaba igual. El aserradero del abuelo de Sammy era pequeño, pero el agua bajaba sin parar. Un castor llenaba un cubo grande al día: con eso comía la familia, se arreglaba el tejado y sobraba para las fiestas.
Ahora en esa misma casa llenan dos cubos, y son chiquitos. Los dos juntos no llegan a lo que llegaba aquel.
—¿Es que ahora trabajan menos?
No. Trabajan más horas que antes. Y con las herramientas de hoy, un castor corta en una mañana lo que su abuelo cortaba en tres días.
Trabajan más. Producen más. Y les alcanza menos.
Cuando algo así pasa, no busques al culpable entre las personas. Busca en el río.
El río otra vez
En tiempos del bisabuelo, el agua daba muchas vueltas por el pueblo antes de irse. Ahora se va derecha a la panza de Don Giga. Misma agua, mismo trabajo: cambió cuántas vueltas da.
Por eso el cubo se hizo chiquito. Y cuando el cubo se hace chiquito, la casa saca otro. Y luego otro. Pero tres chiquitos no hacen lo que hacía el grande.
Lo que propuso Sammy
—Entonces, ¿la idea es tener tres cubos en vez de dos? —preguntó Lía.
—Al revés —dijo Sammy—. La idea es volver a llenar uno solo, y que sea grande.
—¿Y quién obliga al aserradero a pagarle más a la gente?
—Nadie. Con un solo aserradero, el que trabaja no tiene adónde irse y el dueño paga lo que quiere. Con cuatro, el que quiera quedarse con su mejor cortador tiene que pagarle mejor que el de al lado. Y lo hace contento, porque está ganando.
—¿Y nadie se lo mandó?
—Nadie. Es lo mismo del jarabe verde, al derecho: si hay otra esquina, el precio se mueve solo.
Lo que aprendimos hoy
- Antes alcanzaba con un sueldo. Hoy hacen falta dos, y no porque se trabaje menos ni se produzca menos.
- El segundo sueldo no fue una mejora: fue un parche. Tres cubos chiquitos no hacen lo que hacía el cubo grande.
- Lo que lo arregla no es un tercer cubo: es que el río vuelva a dar vueltas.
Para hacer en casa
Busca una foto vieja de tu familia, de papel si la hay.
Pregúntale al más mayor de tu casa: ¿cuánta gente de esta foto trabajaba, y cuánta vivía de ese trabajo?
Apunta los dos números y haz lo mismo con tu casa.
Compara. Ésa es la pregunta del capítulo.
Capítulo 7 — Los dos baldes de Sammy
Lía llegó a casa de Sammy y lo encontró en el patio con dos baldes delante.
—¿Vas al río?
—No. Te voy a enseñar la cosa más aburrida que sé. Y la más importante.
—Empezaste fatal.
—Siéntate.
El balde que siempre está vacío
Sammy golpeó el de la izquierda.
—Aquí cae todo lo que gano. Y de aquí sale la comida, la leña y los zapatos de mis ayudantes.
—¿Y cuánta agua queda el domingo?
—Nada. Cero. Vacío. Toda mi vida igual: trabajo, lleno, se gasta, vuelvo a llenar. Como respirar.
—O sea que si un día te enfermas y no puedes ir al aserradero…
—Ajá. Ésa es la pregunta. Y me costó veinte años hacérmela.
El agujerito
Giró el balde. Abajo, casi en el borde, había un agujerito.
—¿Y eso?
—Eso es lo que le debo al señor Prestamillo. Le pedí veinte monedas, y ahora cada semana se sale un chorrito por aquí. El agujerito no descansa. No duerme. No se toma vacaciones.
—¡Pues tápalo!
—Eso hice. Tapar el agujerito es el mejor negocio que existe. Ningún molino te da tanta agua como la que dejas de perder.
—Suena a truco.
—Suena a truco, y es pura aritmética.
Pero hay dos clases de agujerito
Sammy volvió con un tercer balde, con un agujero muchísimo más ancho.
—¿Y ése? ¡Hay que taparlo primero, es enorme!
—Ése no se tapa. Mira bien. —Y le dio la vuelta.
Del otro lado tenía un tubo que entraba, no que salía. Y por él caía agua.
—Éste me lo prestaron para comprar el molino. Sí, se sale agua. Pero por el tubo entra más de la que se sale.
—Aaah —dijo Lía, despacio, como cuando una cosa encaja.
—Ésa es toda la diferencia: hay agujeritos que solo sacan agua, y agujeritos que vienen con un tubo. El primero se tapa cuanto antes. El segundo no se toca — taparlo sería quitarte el tubo.
—¿Y cómo sé cuál es cuál?
—Mira qué compraste. Si es algo que ya te comiste —un viaje, una cena—, solo hay agujero. Si es algo que trabaja para ti, hay tubo.
El segundo balde
Sammy señaló por fin el de la derecha, que estaba casi vacío. Casi.
—Éste lo abrí hace años. Le echo un chorrito cada semana. Tan poquito que al principio me daba risa.
—¿Y para qué sirve, si es tan poquito?
—Para nada, el primer año. Ni el segundo. Y aquí viene lo raro: el agua del segundo balde se pone a trabajar sola. Un hilito que también se queda dentro. Al año siguiente hay más agua trabajando.
—Si echo un vaso por semana durante diez años, tengo diez años de vasos.
—Tienes más. Y si aguantas treinta, muchísimo más de lo que echaste — porque el agua que ya estaba ahí trabajó mientras tú dormías.
—¿Y por qué no lo hace todo el mundo?
—Porque los primeros años no se ve nada y la gente se cansa. El segundo balde es aburridísimo… hasta el día en que deja de serlo.
Y si no sobra
—¿Y si no me sobra nada? —dijo Lía—. En mi casa no sobra casi nunca.
Sammy se quedó callado. Ésa era la buena pregunta.
—Entonces no es culpa tuya ni de tus papás. Si el balde es chiquito, no hay lista que valga: primero hay que arreglar el río. Pero ésta es la parte bonita: no necesitas que sobre mucho, sino que sobre poquito siempre.
Lo que aprendimos hoy
- Casi todo el mundo tiene un solo balde: entra agua y se va. El domingo está vacío.
- Hay dos clases de agujerito: el que solo saca agua y el que viene con un tubo. Uno se tapa; el otro se deja en paz.
- El segundo balde trabaja mientras duermes. Es aburridísimo los primeros años. Después, no.
Para hacer en casa
Dibuja tus dos baldes en una hoja.
En el primero escribe lo que te entra y debajo lo que se te va.
Ahora el segundo: escribe una sola cosa, cuánto le echarás esta semana. Puede ser una moneda.
Guárdala donde te dé pereza ir a buscarla. Ése es el truco entero.
Capítulo 8 — Las dos rayas en la puerta
En el marco de la puerta de la cocina, en casa de Lía, hay un montón de rayitas de lápiz. Cada cumpleaños su mamá la pone de espaldas, le apoya un libro en la cabeza y marca el año.
—Abuela, ¿el pueblo tiene rayas?
La abuela la miró raro.
—Pregúntale a Sammy.
Las dos rayas
Sammy la llevó al ayuntamiento. En la puerta grande había rayitas igual que en su cocina. Pero en dos columnas.
—Ésta —dijo Sammy, señalando la izquierda— es lo que el pueblo fabrica en un año. El trigo, la madera, el pan.
—¿Y la otra?
—Ésa es lo que el pueblo debe.
Las dos columnas subían todos los años. Pero no igual.
—Sammy… la de la derecha va más rápido. Pero la de la izquierda también sube: el pueblo fabrica más que antes.
—Y por eso es tan difícil de ver: nadie está empeorando. Todo el mundo está mejorando. Solo que una raya mejora más rápido que la otra.
—Entonces, ¿deber es malo?
—No. No importa cuánto debes. Importa cuánto debes comparado con lo que haces. Si debes tres sacos y fabricas tres al año, esa deuda te tiene del cuello. Si fabricas doce, los mismos tres sacos son una nada. No pagaste ni un grano: cambió contra qué se compara.
—¿Y si es al revés? ¿Como ahora?
—Entonces cada año el pueblo está un poquito peor, sin que nadie haya decidido nada. Ni reunión ni votación. Solo dos rayas a velocidades distintas.
El día que llegaron las monedas
—Pero yo vi al Alcalde traer monedas —dijo Lía—. Un carro entero. ¡Con eso se arregla, ¿no?!
Sammy se sentó en el escalón.
—Contéstame una cosa. Ese día llegaron muchísimas monedas. ¿Llegó también más pan?
—…No. El panadero hizo el mismo pan de siempre.
—¿Y qué pasó con el precio del pan?
Lía abrió los ojos.
—Subió.
—Claro que subió. Había el doble de monedas persiguiendo los mismos panes. Cuando hay muchas monedas y pocos panes, lo único que puede moverse es el precio.
—Lía, apunta ésta, que es la más importante del capítulo: no faltaba dinero. Faltaba pan. Y un problema de pan no se arregla con monedas. Se arregla horneando.
Lía lo escribió en la libreta: «monedas + nada más = precios».
Los hornos apagados
—¿Y el Alcalde qué hizo?
—Lo único que podía: puso más difícil pedir prestado, y los precios dejaron de correr. Pero no apareció ni un pan más. Achicó la fila hasta que cupiera en los panes que había. El Alcalde no tiene horno.
—¿Y quién lo tiene?
—Ésa —dijo Sammy— es toda la pregunta.
Bajaron al otro lado del río. Allí había tres talleres cerrados, con las máquinas paradas.
—¿Están rotos?
—No. Funcionan perfectamente. Están esperando un pedido que no llega. No hace falta un horno nuevo: hace falta que la moneda llegue a los que ya están.
Lía contó con los dedos.
—Si se encienden… se hace más pan, así que contratan, y el que cobra compra… ¡y el pueblo recauda más sin cobrarle más a nadie!
Volvió a mirar las dos columnas.
—La de la derecha se frena sola. La de la izquierda sube. Y se emparejan.
—Y ese día —dijo Sammy— la deuda del pueblo deja de ser un problema. Sin que nadie haya pagado un solo grano.
Lo que aprendimos hoy
- No importa cuánto debes, sino cuánto debes comparado con lo que haces. Cuenta cuál raya sube más rápido.
- No faltaba dinero. Faltaba pan. Y un problema de pan se arregla horneando.
- Una moneda que llega a un horno apagado no sube el precio: enciende el horno.
Para hacer en casa
En una hoja alta, dibuja dos rayas que empiecen abajo, juntas.
Una es lo que haces y la otra lo que debes: sube una por cada cosa que terminas, y la otra por cada cosa que dejas pendiente.
El domingo mira cuál subió más rápido.
Ésa es la única pregunta del capítulo.
Capítulo 9 — El peaje invisible
A la entrada del mercado hay una casetita azul, y dentro vive un señor muy amable que se llama Don Anselmo. Cada vez que alguien compra algo, se queda con tres monedas de cada cien.
Nadie protesta. Casi nadie lo ve, porque el precio ya viene con las tres monedas dentro.
Lía llevaba años pasando por delante sin fijarse. Hasta el día en que se fijó.
Las cuentas de Sammy
Sammy tenía la libreta abierta en el mostrador y una cara de pocos amigos.
—¿Qué te pasa?
—Estoy haciendo la cuenta de Don Anselmo.
—Son tres monedas de cada cien. No es tanto.
—Eso pensaba yo. Don Anselmo no cobra por el dinero: cobra por el movimiento. Sigue una moneda. —Y puso una sobre el mostrador.
—Tú le compras limones a Doña Uva. Pasa por la caseta: cobra. Doña Uva le paga al muchacho del mercado. Cobra. El muchacho compra pan. Cobra. Yo le pago a mi ayudante, y mi ayudante compra limonada en tu puesto…
—Cobra —dijo Lía.
—Cobra —dijo Sammy.
—Entonces, cuanto mejor funcione el pueblo, más se lleva Don Anselmo.
—Exacto. Y por eso llevo dos horas con esta cara.
Las dos casetas
En el mercado hay dos casetas, no una.
En la primera está Don Anselmo: sus tres monedas se van del valle y no vuelven nunca.
En la segunda se cobra el impuesto del mercado. Esas monedas también salen del bolsillo — pero vuelven: arreglan el puente, pagan a la señora Pluma y encienden las luces de la plaza.
—Entonces no es lo mismo —dijo Lía.
—No. Una te las devuelve convertidas en escuela; la otra no te devuelve nada.
Lo que hicieron los castores
Y aquí está la mejor idea del libro, según Lía.
Nadie fue a romper la caseta azul. Nadie le gritó a Don Anselmo, que además es muy amable. Un domingo, Sammy juntó a los negocios pequeños del valle:
—Vamos a poner nuestra propia caseta.
Las mismas tres monedas de cada cien. Nadie pagaría una más. La diferencia es dónde caen: en vez de irse del valle, caen en un arcón de la plaza con tres candados, que es de todos.
—¿Y qué hacemos con el arcón? —preguntó Doña Uva.
—El arcón no presta dinero —dijo Sammy—. El arcón responde. Si Tomás necesita tablones hoy y cobra en dos meses, yo se los doy tranquilo: si algo sale mal, el arcón paga.
Y casi nunca hay que abrirlo. Basta con que todos sepan que está ahí.
El arcón no hace milagros. Lo que hace es que la gente se atreva.
Lo que aprendimos hoy
- Hay peajes tan pequeños que no se ven: tres de cada cien parecen nada.
- Don Anselmo no cobra por el dinero: cobra por el movimiento. Cuanto más corre la moneda, más se lleva.
- No hay que romper la caseta: hay que poner una propia, y que las monedas caigan en el pueblo.
Para hacer en casa
Coge cien frijoles. Ese es tu dinero.
«Gástalo» cinco veces: cada vez que lo pases de un montón a otro, aparta tres frijoles en un platito.
Cuenta el platito al final. Te van a salir unos catorce.
Catorce de cada cien, por un peaje que parecía de tres.
Capítulo 10 — La escuela que cobra por enseñar
Nina es la hija mayor de Tomás el zorro.
Cuando cumplió dieciséis se fue a la Gran Academia del Valle del Norte: columnas de piedra y un cartel dorado. Entrar le costó a Tomás cuatro años de arreglar techos, y un papel firmado para ir pagando muchísimo tiempo.
Nina estudió cuatro años. Sacó buenas notas. Volvió con un diploma atado con una cinta roja, y se pasó ocho meses buscando trabajo.
No encontró.
Y cada mes, puntualmente, le seguía llegando el recibo de la Academia.
Lo que Lía no entendía
—Espera —dijo Lía—. Si Nina no encontró trabajo, ¿la Academia devuelve el dinero?
Tomás se rió, pero sin ganas.
—No.
—¿Y le pregunta a Nina cómo le fue?
—Nunca han preguntado.
La cuenta de una sola dirección
—Fíjate en lo que la Academia cuenta y en lo que no —dijo Sammy—. Cuentan cuántas monedas entran y qué día: eso lo tienen apuntadísimo.
—¿Y lo que sale?
—No lo cuentan. No saben cuántos encontraron trabajo ni cuánto ganan, y podrían saberlo. Lo que pasa es otra cosa: nadie se pone a medir algo si no le pagan por medirlo.
Y ahí está el capítulo entero: la Academia hace lo que sus reglas le piden.
La regla que propuso Sammy
En la asamblea, Sammy propuso una frase:
La Academia cobra cuando el estudiante trabaja. Si no trabaja, no cobra.
Se armó un escándalo. El director vino del Valle del Norte con muy mala cara.
—¡Eso es injusto! ¡Nosotros no podemos garantizar que a cada estudiante le vaya bien!
Y aquí viene lo bueno, porque Sammy le contestó que tenía razón.
—Toda la razón. Por eso hay una segunda parte: si en los dos primeros años ven que no va a llegar, díganselo y déjenlo ir. Y no le cobren nada.
—¿Nada?
—Nada. Si no servía y lo admitieron igual, el error fue de ustedes. Ustedes lo eligieron. Y cobraron por elegirlo.
El director abrió la boca y no salió nada.
—Lo que no vale —dijo Sammy— es cobrarle cuatro años a un estudiante que no iba a llegar. Eso no es enseñar. Eso es cobrar.
Lo que aprendió Nina
La regla se aprobó, aunque costó tres asambleas y muchos gritos. Y lo que cambió no fue el dinero: fue lo que enseñaban. Antes le enseñaban a Nina a hacer una lista bonita y esperar. Ahora, a entrar a un sitio y decir:
—Pierden dos horas cada mañana ordenando las entregas. Yo sé cómo arreglarlo. Si funciona, me pagan parte de lo que se ahorren. Si no, nada.
Nina consiguió trabajo a las tres semanas.
Y fíjate en la diferencia: no fue a pedir. Fue a llevar algo.
Lo que aprendimos hoy
- Quien cobra por enseñar tiene que demostrar que enseñó.
- Nadie se pone a medir algo si no le pagan por medirlo.
- Si la escuela se equivocó eligiéndote, el error es suyo. Y no se le cobra a otro.
Para hacer en casa
Piensa en algo que hayas aprendido este año, donde sea.
Ahora contesta: ¿cómo demostrarías que lo aprendiste, sin enseñar la nota?
Las notas dicen lo que hiciste en un examen. Lo que sabes se demuestra haciéndolo.
Capítulo 11 — El árbol de la abuela
La tormenta llegó un martes de noche y se fue el miércoles. En esas horas se llevó el camino del norte. No lo rompió: se lo llevó entero. Y por ahí venían la harina y las medicinas.
El invierno llegaba en seis semanas.
Las deudas que no se ven
El Alcalde Arthur llegó el último, con el sombrero en la mano. (Cuando trae el sombrero en la mano, algo va mal.)
—Se arregla —dijo Tomás—. Necesito madera, doce hombres y tres semanas.
—Y monedas —dijo el Alcalde—. Ahí está el problema: el pueblo debe dinero. A gente de fuera.
—¿Y dónde está eso que debemos? Yo no lo veo.
—Está escrito en unos papelitos. Y los papelitos están en una caja. Y la caja está en otro pueblo, lejísimos.
Lía miró la plaza: la fuente, el manzano, los faroles. Todo igual que siempre. Las deudas de los pueblos no se ven.
La feria
Al día siguiente había feria de papelitos, y Lía se metió en la carreta sin pedir permiso.
Funcionaba así: el Alcalde decía cuántos papelitos quería vender, y los de fuera decían cuánto le cobraban por prestarle. No podía discutir: decir que sí, o irse a casa.
Un señor de abrigo largo miró sus papeles y dijo:
—Ocho.
—¡Ocho! —dijo el Alcalde—. El año pasado fueron cuatro.
—El año pasado el pueblo debía la mitad.
Volvieron en silencio todo el camino.
El árbol de la abuela
Lía se sentó debajo del manzano viejo de la plaza. Lo plantó su abuela, y da diez manzanas al año. Ni once ni nueve. Diez. Ese árbol no sabe contar hasta once.
Y ahí le salió la idea.
—Sammy, ven. ¿Cuántas manzanas darías tú por este árbol entero?
—Depende de si me creo que va a seguir dando. —Se agachó a mirar el tronco—. Si está sano, te pago muchos años por adelantado. Si le veo una rama seca… te pago poquitos y me voy corriendo.
Lía pegó un salto y lo dibujó en la tierra con un palito:
Uno: cuántas manzanas da el árbol. Eso es lo que el pueblo produce.
Dos: cuántos años te pagan por adelantado. Eso es cuánto se fían de ti.
—Y lo que vale el árbol es multiplicar los dos.
Sammy se quedó mirando el dibujo, y se le fue poniendo cara rara.
—Lía, eso quiere decir una cosa muy fea.
—¿Cuál?
—Que el árbol puede estar dando el doble de manzanas… y valer menos. Si pasan de pagarte treinta años a quince, da más y vale menos.
—Sí —dijo Lía, muy seria—. Eso es lo que nos pasó ayer en la feria.
La primera nieve
Tomás bajó el último tablón cuatro días antes de la nieve, con el pueblo alumbrándole con faroles.
Ese invierno el aserradero, el molino y la panadería no pararon ni un día.
En primavera volvieron a la feria. Y el señor del abrigo largo dijo:
—Cinco.
De ocho a cinco. Sin haber pagado casi nada.
—¿Por qué bajó? —le preguntó a Sammy esa noche.
—Porque este invierno el pueblo hizo más manzanas. El árbol se veía más sano, y el señor se fió más años. A un pueblo no lo salva pagar: lo salva producir.
Lo que aprendimos hoy
- Las deudas de los pueblos no se ven. Y el precio lo pone el de fuera, no el pueblo.
- Un árbol vale las manzanas que da, por los años que te pagan por adelantado.
- Por eso puede dar el doble de manzanas y valer menos — y al revés: produciendo más, el precio baja solo.
Para hacer en casa
Busca un árbol, una mata o una planta en maceta.
Cuenta cuánto da en un año: manzanas, tomates, flores.
Pregúntale a alguien de tu casa: ¿cuántos años de esto pagarías por la planta entera?
Verás que primero te preguntan si está sana. Todo el capítulo cabe ahí.
Capítulo 12 — La rueda de Valle Próspero
Un año después, el río bajaba otra vez.
Y nadie le había quitado nada a Don Giga: al revés, tenía más trabajo que nunca. Desde la plaza se veía a Barnaby cargando troncos, y en su puerta ya no había canasta.
Lía sacó un carboncillo y dibujó una rueda en una tabla.
La rueda
—Mira, Sammy. Empieza aquí, arriba.
Uno. El pueblo reparte el trabajo en vez de dárselo todo a uno.
Dos. Queda más dinero corriendo por la calle, no quieto en una panza.
Tres. La gente se anima a abrir cosas: una panadería, un taller, un puesto de limonada.
Cuatro. Cada cosa que abre necesita manos. Hay más trabajo.
Cinco. Y toda esa gente trabajando pone monedas en la caseta — sin que a nadie le hayan subido nada. Con esas monedas se arregla el puente, llegan más carretas, y hay más trabajo que repartir.
—Y volvemos al uno.
—Y volvemos al uno. No tiene truco, Lía: la gente lo busca, y como no lo encuentra, no se lo cree. Solo hace falta que dé la primera vuelta.
Y ahora la parte importante
Pero este capítulo no trata de la rueda. Trata del domingo siguiente.
Sammy subió a la caja de madera con su libreta y el pueblo entero delante.
—Hace tres años prometí que pagaríamos la deuda entera en doce años. Volví a hacer las cuentas, tres veces. Y no se paga en doce años. Me equivoqué.
Alguien tosió al fondo. A Lía se le encogió el estómago: quería mucho a Sammy y tenía miedo de las risas.
—Lo que sí sale es que la deuda deja de crecer, y luego se hace pequeña, porque el pueblo crece más rápido que ella. Eso lo sostengo. Lo otro lo retiro.
Bajó de la caja. Y no pasó nada de lo que Lía temía.
Doña Uva empezó a aplaudir. Luego Tomás. Luego el pueblo entero. Y hasta Don Giga dio un pisotón, que en un brontosaurio es un aplauso.
Lo que Lía entendió esa tarde
—Te aplaudieron por haberte equivocado —dijo de vuelta a casa—. Eso no lo entiendo.
—No me aplaudieron por equivocarme. Me aplaudieron por decirlo. Cualquiera se equivoca, Lía. Lo difícil es contarlo cuando nadie te ha pillado todavía. Ahora, cuando yo diga que algo sale bien, me van a creer — porque me oyeron decir que lo otro salía mal.
Y si algún día tus cuentas salen distintas de las mías, súbete tú a la caja y dilo en voz alta.
Y ahora ve. El río está corriendo y hace buen día.
Lo que aprendimos hoy
- La rueda no tiene truco: se reparte el trabajo, corre el dinero, nacen negocios, hay empleo, entran más monedas. Y vuelta a empezar.
- Lo difícil es la primera vuelta. Las demás vienen solas.
- Decir «me equivoqué» antes de que te pillen no te quita autoridad: es lo único que te la da.
Para hacer en casa
Dibuja tu propia rueda, con cinco casillas, para algo de tu vida: tu cuarto, tu equipo.
¿Qué pasa en la casilla uno? ¿Y qué empuja a la dos?
Y luego la pregunta del libro entero:
¿Qué hace falta para que dé la primera vuelta?
El secreto de Valle Próspero
Si llegaste hasta aquí, ya te ganaste esto.
Valle Próspero no existe, y nadie ha visto nunca a un brontosaurio sentado en un río. Pero todo lo que pasó está pasando de verdad, en Estados Unidos. Solo que allí no son animales y tienen nombres más largos.
Quién es quién de verdad
| En el cuento | En el mundo de verdad | Y los expertos lo llaman |
|---|---|---|
| Don Giga | Las empresas enormes que se llevan los contratos | concentración corporativa |
| Su panza | Entra y no vuelve a la calle | beneficio retenido |
| Sammy | El taller, la panadería, la clínica | PYMEs |
| El río | El dinero de mano en mano | velocidad del dinero |
| Barnaby | Quien no puede trabajar porque perdería más | acantilado del bienestar |
| El Alcalde Arthur | El gobierno cuando compra cosas | compras públicas |
| El contrato de los pupitres | Un contrato que solo un gigante puede firmar | empaquetamiento |
| Doctor Pelícano | El precio sin nadie con quien comparar | mercado sin competencia |
| El camino con piedras | Reglas que frenan las medicinas de fuera | barreras de entrada |
| Don Anselmo | Las tarjetas: cobran de cada compra | comisión de intercambio |
| La Gran Academia | Universidades que cobran, vaya bien o mal | deuda estudiantil |
| La rueda | La economía del país entero | el PIB |
| Los papelitos | Los bonos: el interés lo pone el mercado | subasta de deuda |
| El árbol | Lo que produces, por la confianza que das | múltiplo de valoración |
| Los dos baldes | El que se va y el que trabaja por ti | trabajo y capital |
| Las dos rayas | Lo que debes frente a lo que produces | deuda sobre PIB |
| Monedas y pocos panes | Más dinero que cosas que comprar | inflación |
| Los hornos apagados | Fábricas paradas esperando pedidos | capacidad ociosa |
Vuelve a mirar a Don Giga. No es el malo. Las grandes empresas hacen cosas que nadie más puede hacer — aviones, hospitales, vacunas. El problema nunca fue su tamaño. Fue la panza: el dinero les entra y no vuelve a bajar a la calle.
Las cuentas de verdad
Y ahora lo que quizá te sorprenda: casi todos los números del cuento son reales.
Los quince y los sesenta y uno. De cada $100 que entran a una gran cadena, tras la primera vuelta solo quedan $15 en el barrio. Por un negocio independiente quedan $61.
El pupitre cobrado a catorce. En una auditoría de Defensa apareció un tornillo de 2 dólares que se le facturó al gobierno a 47. No era ilegal, y ése es el problema.
La versión completa está en USA: It Is Now.
Lo último, que no es de dinero
Sammy había prometido algo. Volvió a hacer las cuentas, le salió distinto, y lo dijo en voz alta antes de que nadie lo pillara.
Eso casi no pasa nunca. Y es lo que separa a alguien en quien puedes confiar de alguien que solo quiere tener razón.
Ya lo sabes todo. Ve a contar.
Lo que aprendimos hoy
- Don Giga son las grandes empresas; Sammy, los negocios pequeños; el río, el dinero moviéndose.
- Casi todos los números son reales: los $15 contra $61, el tornillo de $2 facturado a $47.
- No te pedí que creyeras. Te pedí que contaras.
Para hacer en casa
Elige un personaje de la tabla y búscalo en tu ciudad.
¿Quién es el Don Giga de donde vives? ¿Quién es Sammy?
¿Hay algún hueco de puente que lleve años sin arreglar?
Cuéntaselo a alguien mayor y fíjate en la cara que pone.